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Barcelona

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di Artemi Rallo Lombarte

El terrorismo yihadista ha vuelto a golpear a España. El pasado 17 de agosto la céntrica avenida de Las Ramblas en Barcelona y la localidad costero-turística de Cambrils fueron objeto de sendos atentados terrori-stas que acumularon quince muertos y más de un centenar de heridos.

La técnica asesina resultó muy similar a la utilizada en otras ciudades europeas durante los últimos tiempos por otras células del terrorismo yihadista: frustrado el intento inicial de explosionar una ingente cantidad de explosivos que hubieran causado una matanza de dimensiones inimaginables, los terroristas recurrieron al más rudimentario, pero lamentablemente efectivo, atropellamiento masivo de peatones en las vías públicas más concurridas.

No es la primera vez que el terrorismo yihadista produce estragos en la sociedad española. El 11 de marzo de 2004, Madrid conoció el atentado terrorista más grave de nuestra historia, sin parangón, hasta la fecha, en Europa. Tampoco la técnica asesina resultó en aquella ocasión especialmente sofisticada. Un grupo de criminales, con mochilas al hombro llenas de rudimentarios explosivos, las hicieron estallar en los repletos trenes de cercanías que se aproximaban a la capital a primeras horas de la mañana. Casi dos centenares de muertos y muchos más heridos fueron el trágico saldo de aquel brutal episodio perpetrado por la internacional del crimen auspiciada bajo la égida yihadista.

El terrorismo no es ajeno a la sociedad española contemporánea. El primer episodio del terrorismo yihadista se solapó con los últimos estertores de la brutal amenaza terrorista que ETA supuso durante medio siglo, hasta 2011, provocando un devastador balance de casi mil muertos y destrozando, en gran medida, la convivencia en el seno de la sociedad vasca. Desgraciadamente, los españoles tuvieron que resignarse a convivir durante décadas con el terror y la muerte y, aunque en ocasiones pudiera parecer lo contrario, siempre tuvieron la convicción de que el terrorismo de ETA tenía fecha de caducidad. Tarde o temprano, la sinrazón del asesinato, la extorsión y la amenaza daría paso a la paz y al impero, en exclusiva, de la lógica del Derecho y de los derechos. Aunque la tentación fuera grande en muchas ocasiones, la sociedad española no sucumbió a la desesperanza y, no sin esfuerzo y grandeza de miras, mantuvo, con entereza, su confianza en el triunfo del Estado de Derecho frente al terror habida cuenta de la preeminencia ética y moral de la lógica democrática frente a cualquier otra estrategia de imposición de idearios sectarios.

Desgraciadamente, España ha tenido que sufrir las dos oleadas conocidas hasta la fecha del terrorismo yihadista.

Los atendados de Madrid de 2004 su ubicaron en la estremecedora lógica de asesinatos masivos inaugurada en Nueva York el 11-S de 2001 y seguida por Londres en 2005. La sociedad del momento presenció conmocionada cómo los conflictos geopolíticos acumulados durante décadas en latitudes lejanas producían estremecedoras y cruentas consecuencias en las fronteras interiores de una sociedad occidental convencida de su inquebrantable seguridad. El horror que acompañaba la magnitud de unos atentados con efectos inimaginables hasta la fecha fue acompañado de una respuesta de limitado alcance. Nada cambió en las estrategias políticas globales sobre la presencia occidental en zonas de singular sensibilidad geopolítica. La sociedad europea y norteamericana se rearmó interiormente mediante el fortalecimiento de estrategias de seguridad –fundamentalmente, control de la información – que afectaron al ejercicio de derechos fundamentales (Patriot Act, PNR, etc.) pero que no afectaron sustancialmente al way of life occidental. El peligro del terrorismo yihadista era visto, aun, como un riesgo externo que podía neutralizarse con quirúrgicas intervenciones singularmente centradas en el control de fronteras e intercambio de información personal sensible.

Una década después, Europa conoce de nuevo el terror pero, a pesar de la apariencia de continuidad que le otorga el revestimiento religioso y el contexto bélico presente en numerosos países del Oriente próximo, con singulares elementos diferenciadores.La actividad terrorista ya no es importada desde agentes extranjeros si no que tiene su origen y gestación en el interior de las fronteras y es protagonizada por sujetos que, en términos generales, son ciudadanos homologables a los que únicamente cabe atribuir una neta nota definitoria: sus vinculos personales, en buena medida lejanos o remotos, con sociedades de predominio musulmán.

El reciente ejemplo de Barcelona resulta ilustrativo: contra lo muchas veces preconizado – y, sin duda, cierto en otros contextos europeos -, los terroristas yihadistas – extremadamente jóvenes y exentos de experiencias vitales o madurez social suficiente – mostraban una altísimo grado de integración educativa, laboral y social y disfrutaban de unas condiciones económicas perfectamente similares a las de cualquier otro ciudadanos español. Tercera generación de emigrantes plenamente integrada en una comunidad rural en la que, a diferencia de las grandes urbes, los procesos de asimilación e integración resultan intensos y efectivos. Los únicos elementos que a todas luces conectan este episodío terrorista con el yihadismo de los últimos tiempos en Europa radican en el vínculo familiar con un país de tradición musulmana (Marruecos) y en la conexión religiosa visibilizada a través de las enseñanzas y adoctrinamiento de un imán radical.

Los países europeos han recibido durante las últimas décadas a millones de personas que tienen su origen en países de tradición musulmana: no sólo procedentes del norte de África u Oriente próximo sino, también, de numerosos países asiáticos. La intensificación de los flujos migratorios o de refugiados durante los últimos años puede servir de excusa a algunos para poner cara a los potenciales amenazas. Pero este macabro ejercicio resulta estéril porque esta linea discursiva está abocada al fracaso ante la imposibilidad manifiesta de responder al desafío del terrorismo yihadista mediante estrategias segregacionista fundadas en la religión o el origen familiar. Amén de los múltiples reproches que pudiera merecer esta actitud – por contraria a los valores y al modelo de convivencia de nuestras sociedades -, lo cierto es que lo que resulta más efectivo oponerle es su inutidilidad: son millones los ciudadanos europeos cuyo origen familiar lejano se ubica en países musulmanes y que se hallan perfectamente integrados social y culturalmente en la sociedad europea y en sus valores nucleares. Sin embargo, ello no impide que de su seno surjan yihadistas dispuestos a inmolarse al grito de «Alá es grande».

¿Es la religión la espoleta que activa a aparentes ciudadanos sustancialmente integrados en la cultura occidental y los convierte en yihadistas suicidas dispuestos a inmolarse por sus creencias? Aparentemente sí.

Durante las dos últimas décadas se han venido dando explicaciones a dicho comportamiento que resultaban acumulativas de una serie de factores de naturaleza diversa. En primer lugar, la intervención de las potencias occidentales (especialmente, de los USA) en nuerosos países musulmanes es vista como una actitud imperialista expoliadora de recursos propios y en conflicto con su tradición religiosa. El largo e irresuelto conflicto palestino-israelí sigue siendo una herida abierta que simboliza la humillación de toda una zona geográfica tradicionalmente sometida a los caprichos estratégicos – y, singularmente, económicos- del colonialismo.

En segundo lugar, el conflicto entre  civilizaciones o religiones tiene episodios permanentes y constates que desdibujan cualquier intento de aproximación o concertación. Curiosa o paradógicamente, los países en que mejor han convivido y se han conciliado los valores comunes y propios de ambas civilizaciones son aquéllos en los que los régimenes políticos más se han alejado de las tradiciones democráticas propias de las sociedades occidentales.

En tercer lugar, el subdesarrollo económico de muchos de estos páses y la inemitable migración hacia las ampulosas sociedades europeas y norteamericanas son vistos como consecuencias de una estrategia deliberada de éstas de expolio y menosprecio hacia las potenciales socio-económicas de los países musulmanes.

En cuarto lugar, el resultado de los procesos migratorios de las últimas décadas habría generado una suerte de guetos interiores especialmente en los suburbios de las grandes urbes europeas en los que miles y miles de jóvenes sin futuro ni esperanzas serían fácilmente captados para la estrategía de orgullo y venganza que protagonizaría el ISIS.

La religión es, seguramente, un mero instrumento para dotar de sentido táctico a un fin más alto: cuestionar hasta la ruptura las conflictivas relaciones históricas de Oriente y Occidente sustentadas sobre la dominanción social, económica y militar y sobre una supuesta preeminencia de valores occidentales en la que las creencias musulmanas resultarían sojuzgadas.

La respuesta de las sociedades occidentales ante el terrorismo yihadista no es ni será fácil. No cabe esperar que las decisiones geopolíticas necesarias en los países fallidos y en conflicto, de adoptarse, produzcan resultados efectivos si no a largo plazo difuminando el leit motiv que inspira y alienta la causa yihadista.

En el seno de las sociedades occidentales –particularmente, la europea – existe un reto mayúsculo que no obtendrá respuesta satisfactoria únicamente mediante actuaciones políticiales y judiciales. El reto para la seguridad que plantea el terrorismo yihadista no se abordará positivamente con meras actuaciones en seguridad. El contexto en el que emerge esta modalidad de terrorismo hace real el aformismo “la seguridad absoluta no existe”.

El desdibujamiento del perfil de los potenciales terroristas hace prácticamente imposible impedir la totalidad de este riesgo por grande que sea el esfuerzo polícial en el intercambio de información necesaria –a todas, las escalas: local, regional, estatal e internacional -. Hay que reconocer, además, que las respuestas policiales imaginadas hace ya algún tiempo para prevenir este riesgo parecen abocadas al fracaso o a un muy limitado alcance. El cierre de las fronteras y la contención de emigrantes – amén de violentar los compromisos internacionales y la garantía de los derechos fundamentales- constituye un vano e inútil esfuerzo ante la inmensa potencia que acompaña a millones de personas que huyen de los conflictos, de la guerra y de la miseria buscando la paz, la riqueza y la seguridad de las sociedades occidentales.

Cerrar fronteras imaginando que el riesgo procede del exterior desconoce la realidad que evidencia que numerosas células terroristas, con conexiones internacionales más o menos intensas, surjen en el seno de nuestras sociedades sin que resulte fácilmente imaginable, predecible o evitable dicho riesgo. Intercambiar datos personales de quienes acceden a nuestras fronteras por tierra, mar o aire parece, por lo tanto, carecer de un largo recorrido. Se trata de respuestas imaginadas o puestas en prática ante la primera oleada de atentados terroristas yihadistas pero que difícilmente resultan totalmente eficaces para la realidad presente.

Intensificar el esfuerzo de integración de las sucesivas generaciones de la población originaria de países musulmanes en los valores y la realidad socio-económica de la sociedad europea es una estrategia que, lejos de abandonarse, debe incrementarse. Pero no resultará suficiente. Es evidente, por lo demás, que la religión juega una papel significativo para impulsar este fenómeno en su fase final. La denominada radicalización de quienes originalmente comparten pautas de convivencia occidentales pero acaban protagonizando un vertiginoso proceso que les lleva, incluso, al martirio/suicidio por motivación religiosa merece un análisis profundo sobre sus causas e instrumentaciones. El disfrute de la plena libertad religiosa en la sociedad europea no debe resultar incompatible con procesos de supervisión que impida actuaciones de liderazgo (imanes) que inequivocamente ejerzan el proselitismo de la actividad terrorista.

La respuesta europea frente al terrorismo yihadista, como no podría ser de otra forma, tiene que venir presidida por la razón e inspirada por los valores ilustrados que han presidido su existencia durante los dos últimos siglos. La irracionalidad, el desequilibrio o la desmesura únicamente acrecentarían las causas del problema que se quiere resolver. La inteligencia y el respeto constituyen referencias permanentes para solventar riesgos que precisamente están emponzoñados de radicalidad, intolerancia y desprecio. Solo desde un barbarismo intelectual cercano al que protagonizan los asesinos puede imaginarse que la mejor respuesta es “untar con sangre de cerdo las balas con las que se les dispare”.

La sociedad española y, sin duda, la europea quedó inmunizada frente a la intolerancia y el racismo por la barbarie intolerante y racista que recorrió europea muchas décadas atrás y que nos opuso con la peor expresión que ha conocido el ser humano a lo largo de su historia. A pesar de episodios puntuales y marginales, la intolerancia racial o religiosa no tiene cabida en una sociedad que ha forjado su esencia en la progresiva sedimentación de valores entre los que la democracia, la dignidad humana y el respeto a los derechos humanos constituyen referencia axial.

La naturaleza indeterminada e indiscriminada del terrorismo yihadista no logrará instalar el sentimiento de terror en la vida cotidiana de los europeos. El carácter difuso –aunque real- de esta amenaza terrorista hace prácticamente imposible que, superado el impacto de cada atentado, los ciudadanos perciban dicho riesgo en su vida real. Pero existe un pelibro que no resulta tan desdeñable: la extensión del sentimiento de odio.

El odio está, sin duda, en el origen de la votivación del acto terrorista. Y el odio puede acabar extendiéndose en la sociedad que se ve amenazada en su seguridad. Odio que, simplistamente, puede fácilmente relacionarse con las creencias religiosas que motivan los actos terroristas. Es difícil exigir a una sociedad que sufre los desgarros del terrorismo la templanza necesaria para predicar una escrupulosa tolerancia o comprensión hacia quienes comparten la religión de los terroristas. Pero sí que resulta un imperativo moral minimizar el impacto de estos bajos instintos y preservar un standard de tolerancia que proteja a la sociedad en su conjunto del peligro que pretende causársele: emponzoñarla con el virus del odio. Puede parecer que estamos lejos de este estadio pero todo esfuerzo por impedir su extensión será el mejor antídoto para impedir la consolidación y mayor extensión del terrorismo yihadista – al menos, en la forma en que hoy lo conocemos.

Editoriali

Diritto alla privacy e lotta al terrorismo nello spazio costituzionale europeo

di Salvatore Bonfiglio

La rivoluzione digitale sta segnando fortissimi cambiamenti, che sono in un certo senso paragonabili per importanza a quelli che si registrarono dopo la rivoluzione industriale tra il XVIII e il XIX secolo. Non è un caso che, com’è noto, proprio alla fine dell’Ottocento fu teorizzato il right of privacy definito, in un noto articolo di Warren e di Brandeis [1], come right to be let alone. Nella società industriale l’anonimato urbano fece sorgere nelle persone e, soprattutto, nella borghesia cittadina, il desiderio di difendere l’intimità privata contro l’ingerenza dei giornali. 

di Lina Panella

Il 28 giugno 2012 il Comitato dei diritti dell’uomo della Società italiana per l’Organizzazione Internazionale (SIOI) ha organizzato un convegno in memoria della prof.ssa Maria Rita Saulle, ad un anno dalla scomparsa, dal titolo “I diritti umani nella giustizia costituzionale ed internazionale”. Alla presenza del marito prof. Francesco Durante e di numerosissimi colleghi sia del mondo accademico che della Corte Costituzionale, la poliedrica figura della prof.ssa Saulle è stata  ricordata a quanti hanno avuto il privilegio di  conoscerLa e lavorare al Suo fianco con alcune relazioni  scientifiche su particolari problematiche  che  erano state Suo oggetto di indagine privilegiato.

di  Marco Ruotolo

In un illuminante saggio del 2001, Alessandro Baratta affermava che l’enucleazione di un “diritto fondamentale alla sicurezza” non può essere altro che il “risultato di una costruzione costituzionale falsa o perversa” . Se tale preteso diritto si traduce nella “legittima domanda di sicurezza di tutti i diritti da parte di tutti i soggetti”, la costruzione è “superflua” e comunque la terminologia è fuorviante. Siamo, infatti, nel campo della “sicurezza dei diritti” o del “diritto ai diritti”, identificabile anche come “diritto umano ai diritti civili”, non già in quello proprio del “diritto alla sicurezza”. Se, invece, parlando di diritto alla sicurezza si intende selezionare “alcuni diritti di gruppi privilegiati e una priorità di azione per l’apparato amministrativo e giudiziale a loro vantaggio”, la costruzione è “ideologica”, funzionale ad una limitazione della sicurezza dei diritti attraverso l’artificio del “diritto alla sicurezza”.